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Oralidad: la tradición de guardar recuerdos y contar historias


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Publicado en 03/07/14 às 12h00 envie a um amigoenvie a un amigo

Siempre pensamos en la lengua oral como el sonido que sale de la boca, lo vocalizado, la voz. La voz es uno de los elementos de esta práctica cultural. La lengua oral está presente en todo el cuerpo y afuera de este. En los gestos que hacemos, en los objetos que tocamos y en las tradiciones que mantenemos. Cada sonido y cada gesto marcan, en los cuerpos y en los objetos, la memoria producida en ese momento. Equivocadamente, limitamos la lengua oral apenas a las sociedades tradicionales (indígenas o africanas), en sus momentos rituales. En estas sociedades, la lengua oral es la fuerza con la cual el cuerpo se expresa en sus sentidos más amplios: en el habla, la danza, la forma de caminar, etc.

Durante mucho tiempo, se juzgó a los pueblos sin escritura como “pueblos sin cultura”. Sin embargo, este frágil e infundado concepto cayó por tierra hace mucho tiempo. Los investigadores y estudiosos ya saben que podemos concederle a la lengua oral la misma confianza que a la lengua escrita, cuando se trata de hechos del pasado en sociedades orales. Según Hampâté Bâ, en su clásico texto La tradición viva, los “primeros archivos o bibliotecas del mundo fueron los cerebros de los hombres. Antes de colocar sus pensamientos en el papel, el escritor o estudioso mantiene un diálogo secreto con sí mismo”. Por eso, en las sociedades orales africana, “no solo la función de la memoria está más desarrollada, sino también el vínculo entre el hombre y la palabra es más fuerte. Donde no existe la lengua escrita, el hombre está ligado a la palabra que pronuncia. Está comprometido con ella. Él es la palabra, y la palabra encierra un testimonio de lo que él es. La propia cohesión de la sociedad se basa en el valor y el respeto hacia la palabra”.

Antes de la lengua escrita, las sociedades occidentales también utilizaban la lengua oral como el vehículo fundamental para transmitir reglas, lecciones y costumbres de una generación a la siguiente. En algunas culturas, cualquiera podía transmitir las historias; en otras, solo los narradores especializados podían ejercer esa tarea, como en el caso de África Occidental, con la figura del griot.

Brasil se formó por pueblos que tenían una fuerte cultura oral, principalmente los de raíces indígenas y africanas. Todavía permanecen algunas de esas prácticas en las comunidades más tradicionales de descendientes, así como en tradiciones resignificadas, como las escenificaciones de Bumba-meu-boi y la literatura de cordel, en las cuales se mezclan el acto de escribir y el de recitar.

Poco a poco, en las sociedades modernas, el acto de contar historias fue dando lugar a su lectura. Pero la lectura “en voz alta” también es una práctica de oralidad. La lectura no tiene por qué ser una acción individual. Cuando el acceso a los libros era difícil y la alfabetización, un privilegio de pocos, la lectura era también un elemento aglutinador y colectivo, para divertir e informar. No solo en el interior de la familia, a la luz de velas, lámparas de aceite o candelabros, sino también en las tertulias de las salas “de estar” y quioscos de música de las ciudades.

¿Te acuerdas de tu narrador de historias? Padres, abuelos, tíos, profesores, hermanos... ¿Aquellos que te condujeron por el universo de la fantasía, preparándote para el mundo real? Hoy, sabemos lo mucho que estos momentos marcaron nuestras vidas, no solo por las historias que todavía están en nosotros, sino también por la relación que establecimos con esos narradores. Y esa práctica todavía reposa en nuestra memoria, porque es un importante vínculo con el pasado. Una tradición, a veces, perpetuada. A veces, abandonada.

Por Viviane Lima, historiadora del Centro de Memoria Bunge.



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