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La Tragedia tiene que acortar el camino al aprendizaje


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Publicado en 27/01/11 às 14h45 envie a um amigoenvie a un amigo

En julio de 2010, enseguida de la tragedia registrada en el Morro do Bumba, en Rio de Janeiro, postié en el sitio de la Fundación Bunge un texto donde relataba que la tragedia que acompañábamos conmovidos en los morros cariocas no era diferente de la registrada al inicio de 2010 en la región de Angra dos Reis (RJ) o de la que acompañamos a fines de 2008 en el Vale do Itajaí (SC). Y todas ellas son semejantes a las que al inicio de este año devastaron la región serrana de Rio de Janeiro. En el texto, defendí la idea de que el cambio es una elección y exige coraje. Las noticias recientes que, horrorizados, acompañamos en los informativos, refuerzan que tenemos que hacer esa elección y tener ese coraje. La tragedia no puede ser percibida sólo como una amenaza, sino como un camino más corto al aprendizaje.

Las imágenes de la destrucción en Rio de Janeiro nos provocan indignación a todos: algunos, con la Naturaleza, otros, con las autoridades competentes, y otros también con la falta de organización de la sociedad en reivindicar sus derechos y cumplir sus deberes. Algunos, hasta con Dios. No importa cual sea la motivación de nuestra indignación, lo que importa es que ella tiene que ser un estímulo para la acción, y no para mantener la inercia. Los eventos climáticos – extremos o no – siempre existieron y, según los especialistas, continuarán existiendo en escalas cada vez mayores. Eso no va a cambiar. Lo que tiene que cambiar es nuestra capacidad de prevención y adaptación a ellos.

Nos falta información, interpretación y comunicación. Precisamos urgentemente aprender a leer, entender y comunicar las alertas emitidas por los científicos e institutos de investigación brasileños sobre grandes precipitaciones meteorológicas. A las autoridades les falta esa preparación que, notoriamente – por lo que acompañamos en Rio de Janeiro, en Santa Catarina y en el Nordeste brasileño –, no poseen plan de prevención. El plan “A” es siempre apelar al poder de sensibilización y movilización del brasileño, el “B” es el de confiar que al final las cosas se arreglan, a fin de cuentas, Dios es Brasileño, y el plan “C” es contar con la corta memoria de la población, que en la lluvia siguiente – que siempre ocurre al final e inicio del año – ya olvidó y se adaptó a lo que ocurrió en la lluvia pasada. El dolor permanece sólo para quien perdió todo y, en el caso do Rio de Janeiro, perdió todos.

No podemos protestar de nuestro clima, pues el inconveniente mayor que nos causa y, sabidamente siempre en los mismos períodos, son las fuertes lluvias, seguidas de inundaciones. Incluso así, hasta hoy no logramos prevenirnos. Imagino si, además de las inundaciones, también tuviésemos que lidiar con huracanes, terremotos y volcanes, como es la realidad de varios países, muchos de ellos nuestros vecinos. Tenemos que aprender de esos países cómo prevenir tragedias, cómo informar a la población a lidiar con ellas y, principalmente, cómo pasar por esos eventos sin registrar los números estadísticos alarmantes de muertos que estamos acompañando en la región serrana de Rio de Janeiro.

El camino ahora no es señalar culpables, mucho menos sólo lamentar las pérdidas y daños. Al contrario. La adversidad no debe ser percibida como una amenaza, sino como un camino más rápido al aprendizaje. Pero, para salir de la retórica a la acción, insisto que el cambio es una elección y exige coraje. Las autoridades precisan hacer esa elección y nosotros, sociedad civil – organizada o no – precisamos tener el coraje de exigir y colaborar con ese cambio.

Por Cláudia Buzzette Calais, Directora Ejecutiva de la Fundación Bunge

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